Año dos mil de Matías Ayala

"Año dos mil" es un libro de poemas de Matías Ayala publicado en Santiago de Chile, Beuvedráis Editores (www.bvdrais.cl), octubre del 2006.

25 agosto, 2014

 
Este libro se puede bajar acá:

14 agosto, 2014

 

AÑO DOS MIL, p. 13

AÑO DOS MIL


Cuando niños mis hermanos y primos
jugábamos a este juego: si alguien
era hallado enseñando el trasero
o en una posición demasiado obvia

(recogiendo algo del suelo, por ejemplo)
se lo pateaba en el culo bien fuerte,
o no tanto también, como mostrando
clemencia, y acto seguido se decía:

“patada no vale hasta el año dos mil”,
endosando la venganza a un futuro
lejano, eximiéndose, así, de alguna
represalia. En esos veranos todos

nos pegábamos mucho. Por esa época
además, me acuerdo haber pensado:
“la cantidad de golpes que nos vamos
a dar el año nuevo del 2000”.

Pero después fuimos perdiendo esta
costumbre salvaje y mientras crecíamos
y la fecha fatídica se acercaba
supe que nadie se iba a acordar.

Tampoco yo me atreví a mencionarlo.

11 agosto, 2014

 

Villa Sapito

De 14 años fue asesinado ayer Matías Ayala
en medio del fuego cruzado de dos bandas,
de un balazo en el pecho, en la villa Sapito, Lanús Este.

“Murió sin saber por qué lo mataron”,
Dijeron que sólo pasaba por el lugar,
nada tenía que ver con armas ni vendettas,

sin embargo, una vez removido
el cadáver del adolescente no hubo testigos
ni fuentes, nadie dijo nada.

En la perpetua noche eléctrica de la Red
supe de la muerte de mi homónimo, de mi azaroso
doble en la periferia de Buenos Aires.

Banalmente intentando cerciorar mi realidad
supe de mi irrealidad con un torcido gozo
y fue similar, eso sí, a la sensación

que tuve esa misma tarde en que distinguí
a un conocido en el pasillo de una librería
y, en una pirueta impropia, me escabullí

para ahorrarme una conversación banal,
aunque lo paradójico sucedió en la vereda
cuando divisé a un ex-compañero de curso

y creí percatarme cómo me reconoció
pero sus gestos –más rápidos que los míos–
dieron a entender justo lo contrario.

05 agosto, 2014

 

Elegía a Enrique Lihn, p. 63

Quizás una elegía no sería una mala idea,
después de todo, hacer versos para un fantasma
es apropiado por parte doble: acto gratuito
en honor a alguien inexistente, sujeto y objeto
identificados en su mutua inanición.
Quizás no sería vergonzoso ser como aquellos seres
que germinan en los pliegues del cemento,
humus agazapado a la humedad
que late con frecuencia imprecisa,
y cuya hazañas no son un salario ruidoso,
más bien como patriotas de una nación lejana
portan orgullosos un estandarte que nadie reconoce.

Tú bien sabías de eso y también de esto:
del arte confuso de la palabra, esa sopa
en donde el melodrama se transmuta en oropel
y la crítica se torna una cautelosa dolencia
o un rencor que es necesario domar.
Tu bien sabías esto de escribir por escribir
convirtiendo las dudas en lemas
y los lemas, en dudas,
vivo pero desdoblado en voyerista
del cuerpo de la palabra, ese un ritual vacío
y trascendente por partes iguales.

Te saco a colación, entonces, finado Lihn
no para recrearme con la huija del verso
sino sólo para avisarte que nada te has perdido
en estos 13 años que llevas bajo tierra:
lo Real sigue huyendo, las mentiras son flores,
son malezas en la boca de hombres;
te perdiste, eso sí, paladear cómo abdicaba el dictador
(10 años se demoró en cámara lenta).

Ah Enrique, la comunicación con los espíritus
no es negocio fácil así que vamos al grano:
no eres más leído, más querido no eres,
pero te puedes complacer de que no te hayan hecho
un santo, un souvenir, una cifra de consenso.
Y en estos días de tránsito se puede decir
que en los arrabales del Parnaso
tus bengalas son nuestras señales de ruta.

14 agosto, 2012

 

en Radio Beethoven

En "Panorama cultural" de Radio Beethoven apareció el siguiente texto de Romina de la Sotta:

Año dos mil: la poesía chilena y actual de Matías Ayala


La poesía de Matías Ayala respira y entrega aliento, generosamente, con una línea clara e ingeniosa pero, sobre todo, patrimonial. Con los ojos abiertos se escribió Año dos mil, de Beuvedráis Editores.

Muchos imaginan a los poetas sumidos en sus mundos privados, contando una y otra vez las falanges de sus dedos, persiguiendo tal vez un misterio geométrico, la esencia de la lírica, la música de las palabras. Sabemos que la melancolía vaga es a la inspiración lo que la cosmética a la estética. Dividamos aguas y crucemos el río, de la mano del talentoso chileno Matías Ayala, y su libro Año dos mil, de Beuvedráis Editores.

Lo primero que reconocemos es su conciencia; el autor escribe despierto, con los ojos abiertos, inmerso en una realidad concreta de la cual no se evade de ella para dibujar belleza ni para devolverle a la palabra su función ritual, hacer poesía.

Ello se extiende a la geografía y a la historia. El autor se lee chileno, cuando aborda la capital, compone más que una canción de protesta, con actualidad y sin lamentos. Compartamos “Alameda Libertador Bernardo O’Higgins”:

Cuerpos que deambulan ansiosos arropados de colores sobrios,
Rostros que recuerdan a otros,
Parecidos de familia lazados a registros
Del mestizaje que tuvo y aún tiene lugar.


Cuando convoca nuestra biografía nacional, juega ágil y sutilmente con las percepciones comunes que tenemos de los grandes acontecimientos. Revisemos versos de “Asunto de historia”:

A mí también me contaron historias
De aquel tiempo confuso
Y, más que la historia misma,
Es el tono lo que ha perdurado.
Había ansiedad en sus bocas
Y la lengua oscurecida por el vino,
Había rabia agazapada en sus ojos
Como en un animal después de atacar.


Recurramos a la elipsis, en nombre del tiempo radial:

Ah, sí, me refiero a Inés de Suárez
-la única mujer del campamento-
que ante el vértigo de la inminente derrota
dejó de curar a los heridos
y degolló a los caciques prisioneros
haciendo rodar sus cabezas por la Plaza de Armas.
Y besaron, por última vez, la tierra fértil
Y estaba fresca, estaba fría y era blanda.


Matías Ayala tiene la precisión de un cirujano para distinguir lo accesorio del continente. No importa si se refiere a anécdotas propias, al oficio del poeta o un hecho policial, siempre su mirada dona sentido. A veces con humor, y otras con rabia. Leamos:

Te salvaste del juicio, Augusto, es cierto,
Pero has saboreado la amargura
Sin fondo de la palabra “impotencia”
Y, al parecer, tampoco te ha gustado


Saltemos unos versos, en este poema que se titula justamente “Vida retirada”:

En las palabras “derrota” y “dolor”,
en sus orillas, has dormido sin calma
sopesando metiras y números,
traficando compasión e investidura.

Que la historia no se vaya a escribir
Completamente según tus designios,
esta evidencia tal vez inservible,
nos alborota las tripas de júbilo.


En las palabras del autor, la emoción no sólo se contiene, sino que al pasar un segundo, se vierte y nos traspasa. Y esto va más allá del ritmo, de la métrica y de los colores. Esto tiene que ver con el alma despierta, con escribir con los ojos abiertos. Cerremos mencionando “Elegía a E.L.”. Naturalmente, dedicada a Lihn:

No eres más leído, creo, más querido no eres,
Pero te puedes complacer
De que no te hayan hecho un santo, un souvenir,
Una cifra de consenso.


La belleza concreta y al mismo tiempo espiritual, en Año dos mil, poemario de Matías Ayala, de Beuvedráis Editores.

Por Romina de la Sotta
15/11/2006

 

presentación de felipe cussen

1. Cuando tuve la oportunidad de leer Año dos mil de Matías Ayala, cometí el error de comentárselo sin que él me lo hubiera pedido, y decirle que me había gustado. Ahora resulta que estoy presentando su libro.

2. Cuando me pidió que presentara su libro, le pregunté si no le molestaría que lo hiciera mediante enumeraciones, como les gusta tanto a los críticos jóvenes. No le pregunté, sin embargo, si le molestaría que finalizara mi presentación como también lo hacen los críticos jóvenes, diciendo: “ESO”.

3. Para emprender la tarea decido huir en muchas direcciones a la vez, pero me quedo sólo con partidas falsas.

4. Creo incluso que mi presencia es prescindible, porque este libro se presenta solo: “AÑO DOS MIL es el segundo libro de poesía de Matías Ayala (1973). En estas páginas, la experiencia poética nace del cruce -físico, azaroso o conjetural- entre la vida privada y la pública. El vehículo para lograr este encuentro puede ser la literatura, la política y los medios; la memoria, la historia y la ciudad de Santiago; la distancia crítica, el descentramiento y la especulación.”

5. Vuelvo hacia la portada. ¿Qué es? ¿Un mapa? ¿Un laberinto? ¿El marco de un espejo, donde el marco adornado ocupa más espacio que el rostro reflejado? ¿O un marco de fotos al que le quitaron la foto porque no reconocía su imagen cuando niño?

6. Volviendo a hojear Año dos mil, al menos puedo dar una rápida descripción del contenido: aquí hay poemas narrativos, poemas inspirados en personajes, recuentos biográficos, traducciones, reescrituras, variaciones, epígrafes y copiosas notas al final del libro. Se recurre a formas tradicionales: elegías, églogas, écfrasis, estribillos y epitafios, todas con E.

7. También hay farándula intertextual: este libro es un cocktail de celebridades. Hay personajes ficticios, como Orfeo y Eurídice, filósofos y escritores, como Platón, Santo Tomás, Montaigne, Sor Juana, Calderón, Pound, Brecht, Vallejo, Pacheco, Hahn y Lihn, y también muchos personajes históricos: Colón, Robespierre, Napoleón, O'Higgins, Andrés Bello, Pinochet, Pinochet y Pinochet. También hay invitados más populares, como Los Prisioneros y Armando Manzanero, que salen de los otros medios de lectura a los que recurre Matías Ayala: los periódicos, las páginas web y la televisión.
Al escribir me pregunto: ¿cuántos escritores famosos estarán presentes en este lanzamiento?

8. Citas citables. Subrayo esos momentos en que la voz desnuda las inseguridades de la expresión: "Tampoco yo me atreví a mencionarlo", "Dieron a entender justo lo contrario", "Me refiero a eso, a exactamente eso / que no puede decir, ¿entiende?", "para qué / entrar en detalles innecesarios".

9. ¿Cuál es el sonido de estos versos? Todos están muy pulidos, no hay disonancias; las repeticiones y variaciones estimulan la movilidad mientras que las aliteraciones y paronomasias aportan fluidez. Son poemas bien terminados: no se podría mover una palabra sin que se cayeran las otras.

10. Si tuviera que presentar este libro, elegiría el último poema:

“Habitación para turistas”

Como en un cuadro de Edward Hopper
a través de la ventana se divisa una pieza
y en esa pieza, apenas decorada,
se ve al autor pensando en los muertos.
Sentado frente a un escritorio,
sostiene su cabeza en la mano izquierda
y las imágenes del televisor recién apagado
aún vibran en su mente.
Y escucha los golpes del segundero a las 2 AM.
En un mundo de cosas frías -por unos instantes-
cree ser un óleo sobre tela en un país extranjero.
Entonces, escribe un texto demasiado pequeño
para ser leído desde acá.
Se olvida más tarde, tarde se duerme
cuando nos encontramos ya en otra sala.


11. Pienso en los lectores como unos turistas que pasan de una página a otra sin alcanzar a leer la letra chica del contrato. Pero ahora me he visto obligado (con gusto) a volver.

12. Siguiendo con el turismo, también pienso en la recurrente obsesión por la ciudad, que en estos poemas se recorre muchas veces de manera extrañada, o bien se imagina idílica o apocalíptica: es el campo abierto para las proyecciones.

13. Veamos qué dice el autor. En una entrevista otorgada a mi diario favorito, Matías hablaba de la distancia para tratar el contenido biográfico:
“Quise probar la posibilidad de un sujeto en esos cruces temporales y sociales, y para lograrlo tuvo que haber un cierto distanciamiento biográfico y una mirada más bien alusiva, fría.”
A mí me llamó la atención, por más enmascarado que estuviera, cuán expuesto se encontraba el sujeto de este libro.
Quizás allí haya un problema de perspectivas, porque Ayala me asegura que es “post-sujeto”. Yo me considero, en cambio, sujeto, aún pasmado en mi inmemorial condición de sujeto. Por eso me interesa la emotividad que traspasa las comillas de la palabra sujeto.

14. Para informarme más, leo su primer libro, Escafandra, editado en 1998. Allí se observa un tono más lúdico, pero teñido por la conciencia de la vanidad del gesto de publicar un libro. Al igual que en éste, los paisajes son urbanos, y recurre a la ironía en el juego de ocultar su identidad:

Mi mundo secreto
sigue intocable

a pesar de mi nombre
multiplicado en las tapas

y la aparente sinceridad
que suelo usar
en ciertos momentos.


Ya antes del año dos mil era un “post-sujeto”.

15. Para no enredarme más, prefiero incluir algunos documentos testimoniales. Esto fue lo que le comenté la primera vez por mail:
"está interesante lo de mezclar traducciones, reescrituras, ejercicios de estilo, citas y las notas con poemas más "biográficos", todo al mismo nivel, así como la combinación de referencias cultas con otras más pop. También es evidente que la escritura está muy cuidada, y aunque no tengo una oreja muy privilegiada para esto, se nota que hay una preocupación rítmica. Aunque igual no me siento tan cercano a este tipo de escritura, en el sentido que ando con otras inquietudes en la cabeza, me gustaron particularmente algunos poemas (como "Fotografías", "La elección", "Cuento de invierno" o "Habitación para turistas") que, además de estar impecablemente resueltos, transmiten la idea de fugacidad con muchísima intensidad."
Matías me comentó de vuelta sobre la estrategia de incluir las traducciones y reescrituras, y me habla de la dificultad en estructurar el orden del libro. Le respondí:
"me parece una buena estrategia esa combinación que haces de lo original y lo más ajeno, pienso también en otros poetas, como Alberto Girri, que incluyen sus traducciones en sus antologías de poesía, igual es una opción que puede ser polémica. Creo que el libro se sostiene bastante bien en el tono, nunca se desvía demasiado (tampoco con las traducciones), quizás el orden podría haber sido distinto, pero me imagino que te preocupaste de que cuando habían varios poemas de un tipo, apareciera otro para quebrarlo, etc."

16. En muchos momentos de este libro se insiste en la vanidad de retórica, llegando a la comparación con un predicador televisivo mediante la metáfora de Huidobro: "ambos somos deportistas del lenguaje".
Me parece interesante el modo en que, a pesar de criticarlas, asume las herramientas de la retórica no para decir más, sino menos, quizás para ocultarse, quizás para apurar nuestro paso a la próxima página, o quizás para acentuar la sensación de fugacidad de las mismas palabras.
Me pregunto cuál será el verdadero propósito de estos usos retóricos.
A mí también me interesa la retórica, especialmente las preguntas retóricas.

17. Final retórico:
Ha llegado el momento de volver sobre un par de versos de Escafandra, que dicen: “Como tú aprendo / a callar esta tarde”.
Decido hacerle caso.
ESO.

30/11/2006

 

lanzamiento



Beuvedráis Editores y Horamágica tiene el agrado de invitarlo al lanzamiento del libro "Año dos mil" de Matías Ayala que se llevará a cabó el día Jueves 30 de Noviembre a las 19:30 hrs. en el restorán Rai, ubicado en Bravo 951, Providencia. Presentarán Julio Carrasco y Felipe Cussen.

 

en la tercera (3.12.2006, p.117)


 

p.69

“HABITACIÓN PARA TURISTAS”


Como en un cuadro de Edward Hopper
a través de la ventana se divisa una pieza
y en esa pieza, apenas decorada,
se ve al autor pensando en los muertos.
Sentado frente a un escritorio,
sostiene su cabeza en su mano izquierda
y las imágenes del televisor recién apagado
aún vibran en su mente.
Y escucha los golpes del segundero a las 2 AM.
En un mundo de cosas frías — por unos instantes—
cree ser un óleo sobre tela en un país extranjero.
Entonces, escribe un texto demasiado pequeño
para ser leído desde acá.
Se olvida más tarde, tarde se duerme
cuando nosotros nos encontramos ya en otra sala.

 

vista de santiago desde peñalolén en 1853 por ciccarelli


 

en el mercurio


Domingo 24 de diciembre de 2006
Página Abierta

"Claridad y buen oficio" por Camilo Marks


La delicuencia, un aire desmayado, demasiada exquisitez juegan, en estos dos autores, en contra de una voz que podría ser más recia, más sonora, menos asordinada. Pero ambos despiertan simpatía por la claridad y el buen oficio que despliegan.

Resulta cada vez más placentero, estimulante, incluso pacificador para el espíritu leer poemas que no han sido concebidos como si viviéramos en un estado policíaco, piezas que en lugar de doblegar al lector, forzándolo a percibir el texto con los ojos de un informante o "topo", le entregan formulaciones con un grado de ambivalencia, pero sin doble, triple o cuádruple sentido. Hoy en día, tenemos expertos que pueden descifrarlo todo. Cuando se nos invita a una determinada representación, ocupamos un asiento vacío y asistimos, cual espectadores privilegiados, a una función en la que, sin esperarlo, nos sorprendemos ante el poder del diálogo, la narrativa, los juegos teatrales, agradecemos dichosos el inesperado regalo. Lo mismo sucede, por lo general, con los libros de poesía en donde los ritos verbales, los modelos métricos, el fluir de las palabras surgen con naturalidad, sin ecos rimbombantes ni estrépitos roncos que buscan el sobresalto, el estupor, el asombro permanente.

Naranjas de medianoche, de María Inés Zaldívar, es una sucesión de títulos alusivos a plantas, insectos y la ciudad de Lisboa que captura casi siempre nuestra atención mediante relatos encantadores, aludiendo, en ocasiones, a la inestabilidad del mundo o a las cambiantes mutaciones producidas tras el paso inexorable del tiempo. Así ocurre, por ejemplo, en "Hormigas": "Cuerpo, emoción,/ calor, sol que ciega los contornos,/ volumen de fuego acuoso/ que se esparce/ Día amaneciendo en las montañas/ atardecer meciéndose en el mar/ noche ardiente entre los brazos de la nada/ Línea imperturbable que avanza/ sin tropiezo de la tierra a la dulzura,/ de lo profundo al borde de la mesa/ de la cosquilla al picante de la boca/ marcando el tiempo un dos, un dos/ un dos, como manecillas de reloj/ Breve instante de puntos diminutos/ inventándose una historia en el planeta/ sobre esta insípida hoja de papel".

Zaldívar está lejos de la frivolidad del pop, de las citas innecesarias, del exhibicionismo amoroso, épico, legendario; sus estrofas, de corte narrativo, se mueven en graciosas secuencias, tal vez demasiado articuladas para el gusto de ahora, tal vez un tanto celebratorias de cierta propaganda de la belleza. Ello es evidente en "¿Cómo se dice saudade?", precedida por el epígrafe "¿De qué color es sentir?", de Pessoa: "¿Cómo se deice encuentro/en una nube celeste de satén/ calefacción central, chocolates/ y cielo sin rumbo al amanecer?/ ¿Cómo se dice camino/ en la ciudad de la lluvia y la neblina/ que moja los documentos del viajero/ en el momento de pasar al otro lado?/ ¿Cómo se dice hambre/ temprano en el día de la fiesta?".

Por contraste, Matías Ayala, en Año dos mil, habla directamente sobre las preocupaciones modernas, expone afinidades con la realidad actual, utiliza formas clásicas (el soneto irregular), ofrece una clave mítica a conductas humanas extremas, sin abandonar el talante discreto que alabábamos al comienzo de esta crítica. Tales rasgos se notan, de manera acusada, en "Monólogo del consumidor": "Pienso en el dinero,/ simplificando el asunto, pienso en dinero/ Como cualquiera/ mastico estrategias y proyectos/ y, como a todos,/ el dinero me termina urdiendo/ en su vieja historia:/ cómo ganarlo/ o en qué gastarlo,/ cómo guardarlo/ o programarlo/ O sentirlo fluir/ como al sistema nervioso/ y susurrar maravillas/ que el nombrar deja amargura:/ viajes al Oriente y al mediterráneo,/ casa en la playa (no lejos de Isla Negra),/ cavas, restoranes, primeras ediciones,/ una vida de perpetuo turista/ mirando la curva del horizonte/ y la sonrisa de la serenidad/ - esa difícil adquisición- / asomándose entre los labios resecos".

Ayala no alcanza en todos sus trabajos el mismo vigor que vemos en las líneas citadas y por momentos su inspiración decae (ello acontece con la "Égloga en la calle Los Leones" o el "Epitafio para un poeta"). Al igual que pasa con Zaldívar, la delicuescencia, un aire desmayado, demasiada exquisitez juegan en contra de una voz que podría ser más recia, más sonora, menos asordinada. La brevedad de estos tomos es, a estas alturas, tan común, que es difícil predecir la evolución de sus autores, aunque ambos despiertan simpatía por la claridad y el buen oficio que despliegan.

 

domingo, 14:15 pm, (p. 30)

VIDA RETIRADA

No, Sir, when a man is tired of London, he is tired of life
S. J.


Te salvaste del juicio, Augusto, es cierto,
pero has saboreado la amargura
sin fondo de la palabra “impotencia”,
y al parecer, tampoco te ha gustado.

Has barajado futuros inciertos
mientras todo seguía funcionando.
En las palabras “derrota” y “dolor”,
en sus orillas, has dormido sin calma,

sopesando mentiras y números,
traficando compasión e investidura.
Que la historia no se vaya a escribir
completamente según tus designios,

esta evidencia tal vez inservible,
nos alborota las tripas de júbilo.
Y esperamos el día de tu muerte
como niños aún, la Navidad.

 

contratapa


 

en el blog Puente aéreo

Gustavo Faverón, gentil como pocos, escribió lo siguiente en su blog:

24.10.06
Año dos mil
Mi amigo Matías Ayala me envía desde Santiago de Chile, esta foto de su mano derecha sosteniendo a su segundo hijo: el libro de poemas Año dos mil.

No lo he leído en su forma final, pero sí conozco muchos de los pasos previos de la criatura (nacida en Ithaca, New York, donde Matías fue mi compañero de doctorado).

A pesar de no ser un especialista en poesía contemporánea, me creo lo suficientemente leído como para que de alguito valga mi recomendación, que en este caso es efusiva.

El libro sale por medio de la editorial Beuvedráis, y se encuentra en Santiago en las librerías Metales Pesados y Ulises (qué mejor sitio para un libro engendrado en Ithaca), y nuestros compatriotas que andan por allá con motivo de la Feria del Libro de Santiago lo encontrarán también en el recinto ferial.

Por ahora, acá pueden ver un avance de Año dos mil, en la web de la Revista Universitaria de la Universidad de Chile.

 

en LUN




 

alegoría de un ángel rompiendo las cadenas (p.16)


 

en letras.s5.com


http://www.letras.s5.com/archivoayala.htm

 

Manuscript of Auden's "Musée des Beaux Arts" (Library of Congress) p.34



 

Perdido en la codificación


 

en sobrelibros.cl

AÑO DOS MIL, de Matías Ayala

Escrito por Francisca García B.

lunes, 04 de junio de 2007

UN LAVAMANOS PARA LA HISTORIA

La imagen del lavamanos[1] ilumina mi lectura de Año dos mil porque sintetiza a la perfección lo que encontré en las páginas de ese libro: un libro que poco a poco va convirtiéndose en recipiente de eso que oficialmente entendemos como La nación, Lo chileno y La ciudad de Santiago, que sin duda para el sujeto inmerso necesita un imperioso enjuague.

Los poemas de Año dos mil simulan distanciarse de la vida privada del poeta y se sitúan en el espacio de lo público. Muchas veces son categóricos en sus afirmaciones, y en su totalidad esbozan un retrato crítico y bastante objetivo de nuestra sociedad chilena. El poeta va urdiendo en las cuatro partes del libro una unidad que rechaza la complacencia y que, a través de fragmentos históricos, personajes políticos y emblemas literarios, da cuenta de profundas heridas, grandes errores e inevitables transformaciones culturales (como la creciente distancia que nos separa de cóndores y huemules museográficos, o de personajes arcaicos como Andrés Bello). Poemas como "Tonada" y "Emblemas patrios" transmiten no ya una nostalgia sino una certeza absoluta de que aquel país que fue "la copia feliz del Edén" manifiesta hoy un nuevo perfil.

Igual conceptualización vuelve a revelarse a la hora de delinear la ciudad de Santiago, como en "Platón elaborado" y "Tres estribillos para Santiago", donde las críticas punzantes a la nula conciencia y memoria tanto urbana como cultural de los habitantes hacen impensable el espacio para el poeta-flâneur ("Cuento de invierno" retrata el tópico, y para ello debe desplazarse hasta París; en Santiago el flâneur se convierte en espectador televisivo, y su poesía en gritito decreciente de masturbador, como advierte el "Monólogo del televidente").

De manera simultánea los poemas parecieran preguntarse además quién es Matías Ayala en todo este intrincado histórico. El libro abre y cierra con dos poemas ("Villa Sapito" y "Asunto de fechas") que develan esta búsqueda. La sincronía de su año de nacimiento -1973- es quizá una razón tan justa y calculada como estos versos para comenzar un diagnóstico de la contingencia nacional. Los poemas se tornan narrativos y exponen sumo cuidado en su confección, lo que aporta indudablemente al dinamismo de la lectura y al fortalecimiento del carácter de relato y retrato de una nación, de una sociedad (aunque no por eso se deje de echar de menos algún desliz de tipo emocional). Asimismo se suman, al relato en verso, traducciones directas e indirectas, citas múltiples y diálogos tanto con la mitología como con canónicos poetas nacionales y extranjeros cuyas formas poéticas pertenecen a la tradición contemporánea y a la clásica, como la elegía, la alegoría, el epitafio y la égloga. De esta manera el poeta logra dar credibilidad a una crítica que -a pesar de ejercerse desde un discurso marginal como es la poesía- busca doblarle la mano a la oficialidad, como el mismo Ayala advierte en alguna entrevista.

A diferencia de la agobiante espera del año mil que en las iglesias medievales llevaran a cabo centenares de gimientes y deudores del perdón -ante el inminente fin del mundo- el juicio divino de Año dos mil advierte un profundo afán destructivo con apetitos de reforma y transición, donde el inquisidor pasa a ser el ciudadano medio que elabora su propio diagnóstico, trasluciendo con fervor el deseo de volver a empezar. En este sentido, la imagen laberíntica de la portada de este libro bien podría asumirse como el retrato de un país que adolece de memoria e identidad definida, pero que al mismo tiempo perdura estoico en la búsqueda.


NOTA

[1] El título de esta nota hace referencia al penúltimo poema, "Du parler prompt ou tardif" -título tomado de un ensayo de Montaigne-, precisamente a los versos "Le lavaré las manos a la historia/ [...]/ escobillando el filo imaginario de sus uñas".

 

en letras en línea

Reseña de Año dos mil
Matías Ayala
Santiago, Beuvedráis Editores, 2006.

Cristián Gómez-Olivares

No deja de ser interesante el lugar que ocupa Ayala en la relación de los hechos que a todos nos preocupan, ya que, quiérase o no, es medianamente protagonista de una parte de la historia chilena, aunque sea de manera vicaria. Su figura autorial, independientemente del sujeto real que le otorga una firma y encarna, está cruzada por una serie de determinaciones contextuales que nos sirven para leer este libro (pero no –cuidado- para explicárnoslo exclusivamente a través de ellas).1 Por esto creemos que Ayala no puede eludir (ni al parecer, quiere) una extracción de clase que en este libro se torna particular punto de partida, reitero, pero no meta ni puerto que determine la escritura del libro.

Y es que el tema del libro, de existir así, como si fuera algo independiente de los otros componentes del conjunto, salta a la vista a los ojos del lector, quien asiste a un interesante deslinde de esa cuna que no le pesa al hablante. La reconoce, eso sí, como parte de su background, pero la familia al fin y al cabo no se elige. Tampoco hay un mea culpa que intente pagar pecados ajenos. Año dos mil sólo habla desde aquellos que no tuvieron ni arte ni parte en una pelea donde otros fueron los protagonistas, pero a cuyos descendientes les toca vivir las consecuencias.

Digámoslo de inmediato, antes de la acusación “de no hablar de los poemas”: la potencia de este libro proviene de la combinación peculiar e irrepetible de unas imágenes tremendamente elocuentes. Por ejemplo, en “Asunto de historia” se encuentra :

fue la alegoría
de un ángel rompiendo las cadenas
en una moneda de diez pesos

en medio de la textualización, no exenta de dramatismo, de los referentes históricos que hacen de este libro uno tan singular y necesario de leer. Ahora bien, el cómo de este libro se engarza por fortuna con el qué: en ese poema clave para su lectura que es “Asunto de historia”, Ayala recurre a ciertas astucias que dan cuenta al mismo tiempo de la construcción del poema y del contenido del mismo, a saber: la pre-eminencia del silencio, el tono elusivo para contarnos una historia de la que quiere pero no puede hablar, a costa de ponerse al margen a los grupos sociales a los que pertenece. El autor es lo bastante explícito cuando en dos líneas nos dice

Me refiero a eso, a exactamente eso
que no puede decir ¿entiende?

Lo que Ayala no puede decir o no nos puede decir de manera explícita, es un algo que al final termina diciéndolo con los rodeos verbales en que consiste el libro. Casi podríamos decir que este libro habla por sus silencios, que lo no dicho es casi tan importante como lo allí escrito. Grínor Rojo (1987) dice, acerca de su propia escritura crítica y ensayística, que le interesan en la misma medida lo que el libro está dispuesto a decir como aquello que cae bajo el velo de sus represiones, voluntarias e involuntarias.

Eduardo Chirinos, por su parte, llama la atención, en su libro La morada del silencio (1998), acerca de la doble condición del poema como fracaso y consagración del lenguaje. Se detalla allí la imagen cervantina del prologuista del Quijote, aquel Cervantes fictivo que pluma en mano se enfrenta al problema de cómo escribir unas palabras introductorias a las historias del caballero manchego. Vemos o leemos allí, a través de la palabra escrita, el conflicto del escritor que no puede escribir, el lenguaje retratando su propio triunfo que es su fracaso.
Chirinos ejemplifica esta doble condición a través de ciertos poemas que dramatizan su escritura, que hacen del acto de escribir y de su (im)probable fracaso la materia de sí mismos. Uno de ellos es de Emilio Adolfo Westphalen, titulado “Poema inútil”:

Empeño manco este esforzarse en juntar palabras
Que no se parecen ni a la cascada ni al remanso,
Que menos transmiten el ajetreo del vivir.

Tal vez consiguen una máscara informe,
Sonriente complacida a todo hálito de dolor,
Inerte al desgarramiento de la pasión.

Con frases en tropel no llegan a simular
Victorias jubilosas de la sangre
O la quietud del agua sobre el suicida.

Nada dicen tampoco de la danza de amor y odio,
Alborotada, aplacada, extinta,
Ni del sueño que se ahoga, arrastrado
Por marejadas de sospecha y olvido.

Qué será el poema sino un espejo de feria,
Un espejismo lunar, una cáscara desmenuzable,
La torre falsa más triste y despreciable.

Se consume en el fuego de su impaciencia
Para dejar vestigios de silencio como única nostalgia,
Y un rubor de inexistente no exento de culpa.

Qué será el poema sino castillo derrumbado antes de erigido,
Inocua obra de escribano o poetastro diligente,
Una sombra que no se atreve a aniquilarse a sí misma.

Si al menos el sol, incorrupto e insaciable,
Pudiera animarlo a la vida,
Como cuando se oculta tras un rostro humano,
Los ojos abiertos y ciegos para siempre.

Este poema le recuerda a Chirinos el dictamen de Javier Sologuren, para quien “toda subversión contra la palabra implica la vigencia del poder de la palabra”, subversión que sólo alcanza su plenitud a través del silencio. Igual cosa podríamos decir entonces del dilema de Ayala, su intento de elidir el fondo del asunto lo lleva de retorno al mismo. El contrapunteo entre presente y pasado que se plantea en “Asunto de historia”, no oculta su intención de trazar un continuum en el proceso histórico de Chile, en el que los elementos de la ecuación se asimilan a un patrón de exclusiones en el que sólo varía el nombre de los excluidos.

El subtexto de este poema es, parece evidente, el golpe de estado de 1973 y las relaciones de clase subyacentes a él, pero creo que hay más: es toda la historia de Chile la que se comienza a analizar, retrospectivamente, a partir de una nueva mirada. Aunque sea una falsa analogía que oculta las especificidades de cada caso histórico en particular, la comparación entre la figura de Inés de Suárez y las cabezas rodantes de los caciques mapuches besando la tierra de la Plaza de Armas, da paso para que leamos este antagonismo como uno de cuño similar al que afectara a Chile como país durante el gobierno de la Unidad Popular, pero también durante toda su historia. Es casi como si el Golpe fuera la metáfora perfecta de lo que significa Chile como nación, o como idea de nación: un francés llegó a decir, según cita Armando Uribe Arce (2001), que las instituciones jurídicas chilenas son la mayor creación estética de la clase dominante en Chile. Esto apunta a la idea de que la historia chilena –y sus superestructuras ideológicas, para usar un concepto marxista más o menos añejo, pero más o menos útil todavía– es un largo proceso de justificación de las clases dominantes, una justificación de la violencia ejercida por éstas para mantenerse al control de la nación: una violencia que se quiere legítima. Dice Uribe –en una tesis muy semejante a la de Alfredo Jocelyn-Holt (1998)– que en Pinochet y el golpe militar por él encabezado, se concretiza toda esa violencia previa al mismo Pinochet, esa irracionalidad que él sólo encarna pero lo precede. Y, sin embargo, esta se desata a partir del Once, con toda la carga histórica que ella acumulara, dándole rienda suelta a un inconsciente chileno de muy larga data. Atrocidades intermitentes en la historia prontuarial chilena, en especial en contra de sindicatos y algunos partidos políticos, que llevan a Jocelyn-Holt a plantearse una tesis que tiene algo de un bofetazo a las ilusiones civilistas y democráticas, una mirada que en lo central señala que estas atrocidades no son, en realidad, tan intermitentes y que en consecuencia nuestro supuestamente arraigado respeto de las instituciones democráticas no es ni ha sido tal, por lo que el Golpe de Estado y la subsecuente dictadura ya no pueden ser vistos ni entendidos como un paréntesis de nuestra impoluta historia política, sino como su conclusión y expresión más acabadas.

Todo esto tal vez nos ayude entonces a explicarnos la poética cautelosa de Ayala y su renuencia a tomar partido en una realidad como la de hoy donde casi dan lo mismo los partidos (los que están en el Congreso forman parte del pacto de la Transición, los que están fuera del Congreso han sido por ley expoliados de su representación parlamentaria, por escasa que esta fuera) y en la que el interregno histórico invita por sobre todo a la privatización de los discursos.

La tesis en consecuencia que manejamos en esta reseña es que entendemos la ambivalencia formal de Año dos mil como una reacción simbólica y escritural ante la ambivalencia política e ideológica respecto a los conflictos no resueltos de la realidad chilena en los que se ve envuelta la escritura del libro. Cuando en “Asunto de fechas”, poema que de alguna manera continua “Asunto de historia”, el hablante señala que

Para mí, el año ’73 se encuentra escindido
entre la historia y mi cédula de identidad,
entre un martes once de septiembre
y el diez de octubre, fecha de mi nacimiento.

La llegada de la primavera nos separa.
Imagino, a veces, árboles con hojas nuevas
y flores en una ciudad detenida; veo camiones
abriendo aún más los hoyos del cemento

y ondas radiales con bandos y discursos últimos.
Mi madre dice que pataleaba en su vientre
con los balazos de los cowboys en el cine.
Y así de ridícula fue mi aparición:

dos kilos novecientos de color violeta
(“inmadurez pulmonar” dijo el doctor)
arrugado como un viejo/enano,
sobreviviendo en la incubadora.

Expuesto en una vitrina, a media luz,
como un vestigio de la vanguardia, o esas momias,
que en el museo precolombino,
con interés advierten los turistas.


La escisión de la que habla refiere, nos parece referir tanto al cuerpo social que se ha hecho pedazos a partir de las políticas del terror de los cuerpos de seguridad de la dictadura como a la implementación a ultranza del neoliberalismo después. Esto mismo se potencia con la multiplicación de las estrategias escriturales a las que recurre el poeta Ayala, valiéndose de traducciones, ékfrasis y textos de su propia “autoría” (este concepto, absolutamente entrecomillado) para darle forma al conjunto. En la presentación del libro, Felipe Cussen (2006) reseñaba el uso de “elegías, églogas, ékfrasis, estribillos y epitafios”, de entre la galería retórica de Ayala. Que buena parte de estos textos, como por ejemplo, las dos traducciones incluidas en el volumen, refieran para su concreción a otros textos previos, convierte a los poemas de Año dos mil en una escritura, por llamarla de alguna manera, secundaria, vicaria si se quiere, como el protagonismo histórico del que hiciéramos mención al principio de esta reseña.

El mismo hablante se refiere a su oficio, en “Mester”, de esta forma

Este arte impopular es una suerte de vicio,
un ejercicio perpetuado en la sombra,
a la sombra de la historia
como un fruto que florece febril.

Esta degradación de la palabra poética, sumado a las imposibilidades expresivas que el mismo hablante reconoce desde un principio, emparentan estos textos con el rastro de Enrique Lihn, homenajeado en uno de los poemas de este volumen. Más que el reconocimiento público contenido en la “Elegía a E.L.”, lo que nos interesa es cómo allí también se dejan ver temas claves para leer este libro, a saber: la idea de la poesía como “un ritual vacío/y trascendente por partes iguales”. Volvemos a reiterar aquí, a partir de la presencia del autor de Pena de extrañamiento y la sospecha que su figura implica ante toda clase de discursos, la tesis de la correspondencia entre el carácter formalmente multívoco de este libro y la dispersión social e ideológica que lo ve nacer. El ritual vacío de la palabra poética es un sinónimo del silencio que la rodea, a la vez que testimonio de la superación de éste. Ritual de un monólogo intransitivo que sabe ir más allá de sí mismo.

El silencio, en consecuencia, no es gratuito, sino una resultante (in)directa de las condiciones de producción de este libro. Subyace a estas preocupaciones históricas, no como una razón de fondo, sino que asociadas a ellas, un conflicto de filiaciones colectivas que deviene en afiliaciones tan coyunturales como provisorias. Me explico: Edward Said (1983) ubica en el Modernism (la vanguardia anglosajona) la primera crisis concreta de las relaciones de filiación, específicamente aquellas referidas a la reproducción misma de la especie humana. Y nos recuerda que la esterilidad es uno de los temas predilectos del primer Eliot. Ulises y La muerte en Venecia serían otros tantos ejemplos del fracaso del aliento generativo humano. Pero la incapacidad de lograr estas identificaciones primarias y naturales (filiación) implica su necesario reemplazo por otras formas de participación colectiva y cultural (afiliación), sustitutivas de aquellas que ya no encuentran en una sociedad cuya profunda secularización ha hecho de todo lazo una unión cuya fragilidad es sostenida antes por la tradición y la inercia que por el voluntario acuerdo de sus participantes. De esto, en el fondo, creemos que se trata el libro de Matías Ayala, este sería, en última instancia, el tema de Año dos mil. De qué otra cosa si no habla el poema que le da título al conjunto y que no por nada abre toda la serie, “Año dos mil”:

Cuando niños mis hermanos y primos
jugábamos a este juego: si alguien
era hallado enseñando el trasero
o en una posición demasiado obvia

(recogiendo algo del suelo, por ejemplo)
se lo pateaba en el culo bien fuerte,
o no tanto también, como mostrando
clemencia, y acto seguido se decía:

“patada no vale hasta el año dos mil”,
endosando la venganza a un futuro
lejano, eximiéndose, así, de alguna
represalia. En esos veranos todos

nos pegábamos bastante. Por esa época
además, me acuerdo haber pensado:
“la cantidad de golpes que nos vamos
a dar el año nuevo del 2000”.

Pero después fuimos perdiendo esta
costumbre salvaje y mientras crecíamos
y la fecha fatídica se acercaba
supe que nadie se iba a acordar.

Tampoco yo me atreví a mencionarlo.

Este poema nos cuenta de los juegos más o menos violentos que hermanos y primos de una misma familia –suponemos, numerosa– practican, a través de los cuales cimentaban una relación reputada dentro de la ficción familiar como permanente o cuando menos de largo aliento (de otro modo el esquema no podría sostenerse a sí mismo). Sin embargo, más temprano que tarde esas relaciones caerán por su propio peso en cuanto los participantes alcancen una cierta madurez, tomen conciencia, o si se quiere, hagan ingreso en la Historia, señalada fatídicamente en este caso por la llegada del Año Nuevo del 2000. El libro, en consecuencia, se presentará a sí mismo como la búsqueda contumaz de unas relaciones de afiliación que logren una compensación suficiente de los lazos iniciales perdidos. De ahí que el silencio del que hemos venido hablando sea el problemático precio a pagar por seguir perteneciendo, tornando insostenibles esas relaciones de filiación que ahora deben imperiosamente ser reemplazadas.

Ahora bien, agrega Said, estas relaciones de afiliación intentarán constituirse en un nuevo sistema, en la medida en que intentan subsanar una pérdida a través de la participación política, religiosa o incluso a través de una visión compartida de mundo. Así, este nuevo sistema cultural constituido, al pueden intentar adherirse escritores conservadores o progresistas, lo que busca es restituir vestigios de la antigua autoridad asociada con el orden filiativo.

De esta manera –involuntaria, por cierto– el libro de Ayala parece como la contracara de otras escrituras de cuño políticamente diferente, pero igualmente empeñadas en lograr ámbitos de participación a través sistemas de afiliación que reemplacen la autoridad perdida: ya sea el padre desaparecido por causa de la represión política, ya sea a través de la descomposición de los modelos y los roles tradicionales de familia, lo que ha abierto la posibilidad para espacios antes denegados como formas legitimadas de socialización, ya sea con la precarización de la vida cotidiana producto de la aplicación de ciertas políticas neoliberales. La escritura de Yuri Pérez, por ejemplo, quien ha proletarizado su decir en la medida en que intenta una re-presentación del universo poblacional santiaguino, encarnado en su Santo Bernardo, trasunto literario de su terruño sanbernardino. O el desamparo que abren libros como Groggy (2003), de Héctor Figueroa, cuyo desaliento vital parece una reacción simbólica ante el caos urbano, con el que el hablante termina identificándose más como una estrategia de asimilación y defensa que como una genuina participación “cívica”.

Creo que Matías Ayala alumbra territorios insospechados de la poesía chilena que viene produciéndose a partir de los años ‘90s. Su renuencia a simplificar la vasta gama de grises que pueblan el panorama societal chilensis y la representación citadina como una zona de exclusión en tanto figura retórica e histórica –y no una falaz reproducción naturalista– entre otros argumentos que excederían el espacio de esta reseña, hacen, en buenas cuentas, de este el segundo libro de Ayala, Año dos mil, una parada necesaria en el recorrido por nuestra poesía más contemporánea.

23 de agosto de 2007.


1. Fredric Jameson, a quien seguimos para estos efectos, en The political unconscious (Ithaca, Cornell University Press, 1981), interpreta la teoría lacaniana extrapolándola al terreno social, entendiendo así a la cultura como una actividad eminentemente simbolizadora, id est, como la codificación y expresión de los valores subjetivos con respecto a las condiciones externas que los limitan y/o determinan: no sólo un reflejo ante la realidad, sino también una reacción a ella. De este modo, Jameson no entiende la cultura como un reflejo de tal o cual fenómeno económico-político, sino como el ámbito donde el sujeto social se afirma como nódulo en la estructura total de la sociedad y expresa la naturaleza de sus relaciones con los demás elementos de la estructura. No se trata, entonces de recaer en viejas dicotomías como las que antaño planteara Goldmann. También ya hace mucho que Bourdieu estableció las dinámicas propias por las que se rige el campo literario, aun cuando no lo creamos un campo independiente. Permítaseme una última glosa: el acento culturalista que Raymond Williams le diera al marxismo, le permitió rechazar la clásica escisión entre base y superestructura, para recalcar el continuum simbólico-práctico, oponiendo, en cambio un materialismo cultural que recalca el impacto de las instituciones y los medios tecnológicos en la producción de lo simbólico. Con toda esta parrafada sólo quería explicitar el por qué de mi insistencia en leer Año dos mil desde su contexto de producción, contexto en que unas instituciones modificarán, de una u otra manera (este sería un tema que excede el breve espacio de esta reseña), la ideología a la que eventualmente, explícita o implícitamente, el texto adhiera, adhesión que no es fatal ni determinista, sino que siempre es histórica.

BIBLIOGRAFÍA


Ayala, Matías. Año dos mil. Santiago: Beuvedráis, 2006
Chirinos, Eduardo. La morada del silencio. Ciudad de México: FCE, 1998.
Rojo, Grínor. Crítica del exilio. Santiago: Pehuén, 1987.
Said, Edward. The World, the text and the critic. Cambridge: Harvard University Press, 1983.
Uribe Arce, Armando. El fantasma de la sinrazón & El secreto de la poesía. Santiago: Beuvedráis, 2001.
Jameson, Fredric. The political unconscious. Ithaca: Cornell University Press, 1981.

 

lectura 1ero julio 2008


 

habent sua fata libelli


 

marcel broodthaers




18 septiembre, 2006

 

sobre el autor

Matías Ayala (Santiago de Chile, 1973) recibió un Ph.D. en Romance Studies de Cornell University (Ithaca, NY, EE.UU.). Ha ejercido la crítica literaria, trabajado en las distintas universidades de Chile y publicado artículos académicos en revistas y libros Chile y el extranjero. Escribió dos libros de poesía: Escafandra (1998) y Año dos mil (2006). Editó Una nota estridente de Enrique Lihn (Santiago: Ediciones UDP, 2005) y el autor del libro de ensayos: Lugar incómodo. Poesía y sociedad en Parra, Lihn y Martínez (Santiago: Ediciones UAH, 2010).


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